En el presente artículo abordamos la importancia y los fines de la educación, comentamos la razón por la cual es necesario formarnos en la disciplina, en los buenos hábitos, en los valores. A través de la educación aprendemos, además de conocimientos, habilidades, competencias y valores, a vivir juntos, en armonía: a humanizamos. Es necesario acentuar que sí, efectivamente, somos parte de la raza humana; pero también debemos reconocer que no necesariamente, nacer con características antropomórficas nos convierte en humanos, en el mejor sentido de la expresión.
Somos animales, compartimos el 99% de nuestros genes con los chimpancés, éstos últimos son la especie viva más cercana a nosotros. Lo que nos distingue de ellos, lo que nos humaniza, es la capacidad de lenguaje con la que contamos, la de tomar decisiones, la de analizar, de reflexionar, de razonar: de aprender. Esto se logra con el proceso arduo y continuo de la educación en todas sus dimensiones.
Autores de la talla de Aristóteles, Cicerón, Kant, Hegel, Hobbes, Rousseau, Payot, y Marcuse, por mencionar solo a algunos, reflexionaron acerca de la animalidad como parte indisociable del ser humano, coincidían en la idea de que es necesario educar y disciplinar nuestros impulsos; de no hacerlo, el ser humano se condenaría a vivir dominado por sus instintos más elementales.
El gran Cicerón, romano advenedizo, expresa que “…por la naturaleza misma, tiene tal necesidad de virtud el género humano y le ha comunicado tan fuerte ardimiento por la salvación común, que esta fuerza vence todos los alicientes de la molicie y del reposo” (Cicerón, 1848, p. 47). Kant, el autor de la Crítica de la razón pura, por su parte, lo enuncia como sigue: “…la disciplina impide que el hombre, por sus impulsos animales, se aparte de su destino, de la humanidad” (Kant, 2009, p. 28).
Hegel, en sus Escritos pedagógicos, declara que “la educación consiste en que el hombre sepa reprimirse y no obre meramente según sus inclinaciones y apetitos, sino que se recoja” (Hegel, 2000, p.132). En el siglo XX, Marcuse (2003): en sus palabras: “los instintos deben ser desviados de su meta, inhibidos en sus miras. La civilización empieza cuando el objetivo primario –o sea, la satisfacción integral de las necesidades– es efectivamente abandonado”. Rousseau, autor del Emilio, afirma que no había espectáculo más bello ni más grande que ver al ser humano elevarse por encima de sí mismo.
Aquellos impulsos animales que conservamos, son necesarios para la subsistencia de la raza humana; sin embargo, con el propósito de vivir en armonía con nuestros semejantes es necesario controlarlos, restringirlos y hasta reprimirlos. Cuántos ejemplos existen de aquellas personas que, teniendo todo a su alcance, materialmente hablando, no supieron –o no pudieron- frenar sus deseos, sus impulsos, y, con los excesos, sucumbieron ante la abundancia de placeres que nos ofrece la vida. Todo lo bueno en su justa medida. El veneno no mata, es la dosis la que nos aniquila.
La educación, si es constante, pertinente, adecuada y significativa, contribuye a la formación de aquellos hábitos que habrán de orientar nuestro camino en cada dimensión (familiar, académica, laboral, etc.) por la que transitamos. El proceso de formación se construye de manera gradual y silenciosa en los individuos, se alimenta de los estímulos que recibe de aquellas personas con las que se interactúa de manera repetida. El leguaje, el comportamiento y la conducta de los padres, de los integrantes de la familia, de los docentes, de los amigos y del resto de las personas con las que interactúe, serán un referente legítimo e influyente en la educación de nuestros niños y jóvenes.
En nuestros niños, especialmente en los más pequeños, es más común detectar sus impulsos, quieren hacer y comer todo lo que les gusta, lo que les cause placer: comer dulces, galletas, etc., querrán correr y brincar sin restricciones. Ellos, no son todavía conscientes de lo que es conveniente comer o hacer, ni en qué medida hacerlo; nosotros sí. Debemos educarlos, disciplinarlos, siempre en positivo, con cariño, pero también, con determinación. Una generación educa a la otra. La educación que recibieron nuestros padres, en este sentido, resulta decisiva.
Por ello, la educación en casa resulta determinante para la formación de los niños y jóvenes. Ahí, desde pequeños de manera milimétrica, con cada abrazo, con cada expresión de cariño; pero también con cada llamada de atención, con el establecimiento y reconocimiento de sus límites, construirán sus hábitos: sus virtudes. La disciplina bien entendida, el fortalecimiento de los valores, y la práctica constante de los buenos hábitos, abrirán la puerta a la humanización de nuestros hijos. En contraparte, si dejamos que, en los más pequeños, los impulsos prevalezcan sobre las virtudes, a medida que crecen, será más difícil -primero para los padres y educadores, después, para la sociedad en general- encausarlos en la disciplina familiar, académica, laboral, cívica y personal. Por medio de la educación integral se forman seres humanos responsables, críticos, reflexivos, empáticos, disciplinados, respetuosos: virtuosos.
Lograr lo último expuesto requiere de sacrificios, de abandonar por momentos la comodidad y, esto, de ningún modo es sencillo, implica disciplina y sufrimiento (en el mejor sentido de la expresión, entendemos sufrimiento como el abandono temporal de la comodidad para realizar alguna actividad productiva que no siempre es del agrado de quien la realiza; pero cuyos frutos son de mayor beneficio). Como padres no queremos ver a nuestros hijos “sufrir” o incomodarse, porque, efectivamente, nadie querría ver a sus hijos “sufrir”; sin embargo, toda incomodidad, todo sufrimiento que lleva como objetivo principal la formación de los buenos hábitos no solo es necesaria, sino indispensable para que los niños crezcan como personas virtuosas. Aristóteles, hace más de dos mil años, ya afirmaba que solo con la práctica constante, incesante de las virtudes podemos tomar distancia de nuestra animalidad.
Todos aquellos hábitos (positivos o negativos) que hemos formado en casa, son, en un momento dado, trasladados a las aulas, ahí, donde comienza la educación formal. La aventura académica que inicia en preescolar, con la guía de los padres o tutores y con la disciplina correspondiente, puede llevar a nuestros niños y jóvenes a los escalones más elevados de la educación superior. Para ello, insistimos, necesitamos educar la voluntad, como lo sostiene sabiamente Payot.
La educación formal no solo sirve para conseguir un empleo, o para ganar dinero; eso se puede lograr de distintas maneras: es un fin periférico. Es decir, no es el summum bonum. La educación, en todos sus niveles, sirve para saber vivir bien, en armonía con los demás; para ser respetuosos del proyecto de vida de nuestros semejantes, para encausar nuestros conocimientos al mejoramiento de nuestra vida; para ser personas de paz: para humanizarnos.
La educación no puede definirse solo como escolarización; debe ser entendida como aquel ideal de la cultura griega, la paideia, en la que, de manera integral, se forma el cuerpo, la mente y el alma. No debemos dudar de los beneficios personales, éticos, emocionales, sociales, profesionales y económicos, entre otros, que trae aparejados el proceso educativo. Tal y como lo expresa Kant, de manera brillante: “La buena educación es justamente aquello de donde proviene todo el bien que hay en el mundo”.
Víctor Manuel Zamora García
orcid.org/0000-0002-4480-9878
Referencias
Cicerón. (1991). Sobre la república. Ed. Gredos. Madrid, España.
Hegel, G.W.F. (2000). Escritos pedagógicos. Fondo de Cultura Económica. México, D.F.
Kant, I. (2009). Sobre pedagogía. Ed. Universidad Nacional de Córdoba. España.
Marcuse, H. (2003). Eros y civilización. Ed. Ariel. Barcelona, España.
Rousseau, J. (2001). Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres y otros escritos. Ed. Tecnos, Madrid, España.
Así es, la educación se confunde muchas veces con escolarización, asistir a la escuela no es sinónimo de buena educación.
Muchas veces solo queremos tener un buen empleo y buen sueldo, pero para eso no es la educación, muy buen artículo.
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